Desde que la crisis económica comenzó a sentirse en nuestro país, allá por finales de 2007, hemos venido recibiendo noticias acerca de lo mal que estamos y lo peor que vamos a estar.
Definitivamente, las peores perspectivas se han ido cumpliendo, hasta colocarnos en la situación actual en la que nos encontramos con tasas de paro cercanas al 20% y una recesión económica de la parece no terminamos de salir.
En este contexto, creo que todos hemos oído en multitud de ocasiones quejas por parte de los emprendedores acerca de lo difícil que es vender sus productos, de lo parado que está el mercado y, lo más preocupante desde mi modesto punto de vista, el largo tiempo que se tarda en tomar decisiones de compra.
Lo que trato de exponer desde esta tribuna es la necesidad de tomar el mando de la situación y no permanecer encomendados a terceros, a los cuáles hemos confiado nuestra recuperación: los políticos, la Administración Central y Local, y el resto de organismos tanto nacionales como internacionales no van a sacarnos de esta crisis.
Somos nosotros los que debemos plantear soluciones; nuevas acciones comerciales, abrir nuevos mercados, mejorar nuestra productividad… Y vosotros diréis: muy bonito, pero ¿cómo afrontar estos retos sin liquidez?
Ahí es donde entra uno de los problemas más acuciantes de las empresas. Durante los últimos años las empresas han descuidado sobremanera la imagen que sus negocios transmitían: se vendía de todo y en cualquier sitio, y eso sí, en cantidades ingentes. Las entidades financieras concedían financiación a cualquiera que tuviera un CIF, había dinero para todos. Y en este contexto, nos llegó la crisis.
En nuestra experiencia profesional, todos los días nos encontramos casos de empresas cuya situación es desesperada. Sin embargo, una vez profundizamos en la situación, nos topamos con que los problemas se reducen simplemente a un mal tratamiento de la información de la empresa. Los negocios son viables, pero la información financiera está tan descuidada y tan mal tratada que la imagen que se transmite es realmente negativa, y esto hace creer a sus gestores que no hay posibilidad ninguna de encontrar los recursos necesarios para afrontar el proyecto.
Empecemos por el principio, conozcamos nuestra realidad y explotemos nuestras fortalezas. Todas las empresas, todos los negocios, tienen características específicas que resultan positivas y que los pueden posicionar en ventaja en el mercado, pero un planteamiento incorrecto hace que bancos, proveedores y clientes reciban una visión negativa que impide la contratación, el crecimiento e incluso a veces la supervivencia.
En esta situación nos quedan dos alternativas: esconder la cabeza bajo tierra y esperar a que deje de llover (a sabiendas de que mientras caiga seguiremos mojándonos) o correr para buscar un paraguas que nos permita aguantar la tormenta hasta que salga de nuevo el sol, que sin duda volverá a salir.